sábado, 19 de diciembre de 2015

Dos lápices, un relato XL

¡Buenos días! Hoy os traigo la siguiente parte de este relato conjunto que escribo con A la sombra de los sauces. Espero que disfrutéis. ¡Feliz sábado!


- Bueno Evelyn... ¿Sabessss por qué essstásss aquí?
- No exactamente, pero puedo imaginármelo por las palabras de Leichter...
- Sí. No sabemossss cuándo lanzará su siguiente ataque el enemigo y debemosss essstar preparadosssssss. Incluso tú. Esss por essso que vassss a entrenarte aquí. Tanto físsssica como mentalmente.
Y efectivamente así fue. Con la ayuda del resto de elegidos Grace diseñó un intenso entrenamiento para Evelyn. Perfeccionó su poder de visión, lo que le permitió ver con mayor claridad el interior de las personas. Además sus músculos se fortalecieron y se volvió mucho más ágil gracias a las pruebas físicas a las que fue sometida. Sus compañeros a menudo la ayudaban pero a veces peleaban contra ella para probarla. Todos lo hacían con deportividad. Todos menos Gunther. Evelyn se sentía asustada cuando se enfrentaba a él, pues arremetía contra ella lleno de rabia y cólera. Eso dejaban entrever sus golpes. Ira, pero nunca comprensión.
...

Un día, al acabar la sesión de entrenamiento, todos se fueron a los vestuarios. Todos menos Gunther. El resto pensó que todo era debido al enfado que tenía con la muchacha y no le dieron más importancia. Sin embargo, el joven solitario salió de la guarida sigilosamente y se metió en un discreto callejón. Allí, envuelta en un abrigo de terciopelo negro, de espaldas, se encontraba ella. La madre. Al percibir la presencia de Gunther se giró y sonrió.
- Llegas tarde. Si quieres volver a ver a tu querido amiguito vas a tener que esmerarte.  No voy a consentir ningún error. Y mis superiores tampoco. No podemos fallar.
- Sí, señora.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Dos lápices, un relato XXXVIII

¡Buenos días! ¡Hoy sí que sí! Os traigo la siguiente parte de este relato conjunto que escribo con A la sombra de los sauces. Espero que disfrutéis. ¡Feliz sábado!


Evelyn y James tardaron unos cuantos días en adaptarse a su nueva situación y en recuperarse de todo lo que habían pasado. Cuando parecía que se encontraban restablecidos, Grace los llevó a una sala a la que se llegaba por una de las puertas de la biblioteca. Se trataba de un despacho que pertenecía a otra persona a la que ellos conocían: el señor Leichter. Cuando los vio no se mostró demasiado efusivo en su saludo, quizá porque ya estaba al tanto de su llegada y de lo que les había pasado. Sin embargo, les pidió que le contaran otra vez su historia y cuando terminaron les dijo:

- Me alegra que todo haya pasado... Lo más importante es que hemos desenmascarado al enemigo... Bueno eso... Y que estáis bien - dijo sonriendo.- Evelyn, no se lo tengas en cuenta a Gunther. Él y Saúl estaban muy unidos y está muy dolido. Deja que se le pase. Nosotros tenemos asuntos más importantes que atender. Sí, es verdad que ahora sabemos a quién nos enfrentamos. Pero no sabemos cómo reaccionará. Está claro que tú eres su objetivo, Evelyn, por lo que debemos protegerte. Este lugar es seguro pero las fuerzas oscuras siempre encuentran formas retorcidas de penetrar nuestros muros. Debemos estar alerta.

Cuando la reunión terminó, Evelyn comprendió que esto ya no era un juego, sino lo más parecido a una guerra que había experimentado nunca. Y ella sabía que las guerras sólo traían muerte y destrucción.

sábado, 5 de diciembre de 2015

El último vals

¡Hola gente! Hoy no ha habido Dos lápices un relato, pero a cambio os traigo un microrrelato. Espero que lo disfrutéis mucho, y no dudéis en comentar si queréis que escriba más de estos relatos.


Era una noche fría de invierno, y parecía que la oscuridad y el silencio se hubieran aliado para crear esa atmósfera discreta e íntima. Todos dormían. Todos, menos ellos. Aquella noche se había organizado un gran baile al que sólo podían acudir las personalidades más prestigiosas. Aun así, eran unos cuantos: militares retirados, con un mosaico de condecoraciones en sus uniformes; nobles y aristócratas de buena familia; terratenientes , dueños de colosales latifundios... Todos disfrutaban de la conversación en compañía de deliciosos canapés y música digna de las más lujosas celebraciones. El salón de baile estaba coronado por lámparas de araña, que parecía que en cualquier momento iban a clavar sus patas en el techo y escapar de todo aquél esnobismo. Las columnatas de mármol estaban adornadas con rosas imperiales que, vanidosas, ocultaban la austeridad de sus pétreas huéspedes.

La velada transcurría entre jolgorio y danzas pero todas las miradas se centraban en una persona: la Princesa, en honor a la que se organizaba el baile. Su vestido brillaba como el sol y estaba cubierta de preciosas joyas: broches, pendientes, anillos, collares de perlas, lentejuelas. Su cabello estaba recogido alrededor de una corona de marfil. Era la fastuosidad hecha persona.  Todos los nobles casaderos querían bailar con ella, sin embargo, la Princesa se limitaba a moverse sola, como si su propia sombra le bastara para bailar ese vals. El último vals.

Cuando el reloj terminó de dar la última vuelta, sonó una estentórea campanada. De repente, las columnas del salón comenzaron a quebrarse y las rosas que las adornaban se convirtieron en crisantemos. Las inmensas lámparas cayeron al suelo. Ya no eran más que tenues luces. La música, llena de vida y fuerza, se apagó. Se encendió la marcha fúnebre. Todo el entorno se había confabulado para descubir los cadavéricos miembros de los presentes. Muertos. Muertos de vergüenza. La tierra se los tragó. Sólo sus trajes y sortijas permanecieron intactos. Sobre el suelo. Adornaban sus lechos y cubrían sus cuerpos. Eran unas mortajas únicas; pero mortajas al fin y al cabo.